viernes, 24 de abril de 2015

El eco de Cordelia


De la novela Diario de un Seductor (Sören Kierkegaard) las cartas no leídas de Cordelia




Johannes:
No te llamo... mío. Comprendo perfectamente que jamás lo fuiste y por eso me siento castigada con tanta dureza por haberme aferrado a esa idea, como a mi única alegría. Pero te llamo mío, mi seductor, mí embaucador, mí enemigo, origen de mi desventura, tumba de mi dicha, abismo de mi desdicha. Te llamo mío y me considero tuya: y todas estas palabras que antes acariciaban tus sentidos arrodillados delante de mí en adoración, han de sonar como una maldición para ti, una maldición para toda la eternidad. Pero, ¡no debes alegrarte por esto, no imagines que, persiguiéndote en vano o tal vez armando mi mano con un puñal, de-seo provocar tu burla! Vayas donde vayas, seguiré siendo tuya, siempre a pesar de todo; aunque te retires a los confines del mundo, seré tuya; aunque ames, por centenares a otras mujeres, será tuya, tuya hasta la muerte. El mismo lenguaje que contra ti empleo demuestra que lo soy. Te atreviste a una gran villanía seduciéndome a mí, a un pobre ser, hasta el punto de que para mí lo eras todo, la plenitud, y yo no deseaba ningún otro gozo que ser tu esclava. Sí, soy tuya, tuya, tuya: soy tu maldición.
 Tu Cordelia





Johannes: 
Hubo un hombre muy rico, que poseía una gran cantidad de ovejas y de ganado, y una muchacha muy pobre que tan sólo tenía una ovejita, y con ella comía su pan y bebía de su taza. Tú eres ese rico, rico de todos los tesoros del mundo; y yo, pobre criatura, no tenía más que mi amor. Y tú me lo quitaste, para gozarlo; pero luego, cuando te sonrieron otros placeres, les sacrificaste lo poco que yo tenía, sin querer sacrificar nada de tu parte. Hubo un hombre muy rico que poseía una gran cantidad de ovejas y de ganado, y una pobre muchacha que solamente tenía su amor.
 Tu Cordelia.


Johannes:
¿Es inútil toda esperanza? ¿No volverá jamás a despertarse tu amor? Sé muy bien que me amaste, aunque ignoro de dónde me viene esa certeza. Deseo esperar, aunque el tiempo me resulte muy largo: esperar; esperar hasta que no tengas deseo de amar a otra mujer en el mundo... Y si de esa tumba resurge entonces el amor, tu amor, te amaré siempre como antes, Johannes, ¡como antes! ¡Johannes!, ¿cómo puede tu verdadero ánimo tener conmigo tan despiadada frialdad? ¿Es que solamente fueron intimo engaño tu amor y tu rico corazón? ¡Vuelve pronto a ser tú mismo! ¡Sé paciente con mi amor, perdóname si no puedo dejar de quererte! Aunque mi amor sea un peso para ti, ¡llegará, sin embargo, el momento en que volverás a tu Cordelia! ¿Acaso oyes esa palabra suplicante, tu Cordelia, tu Cordelia?
 Tu Cordelia.


miércoles, 22 de abril de 2015

Mi novio John

Conocí a mi novio John una tarde de septiembre en uno de los bares "bajos" más reconocidos de esta ciudad. Me resulto difícil evadir esos ojos seductores y esa playera negra ligeramente entallada a su torso. Ese chico parecía tener todo bien. Mi amiga y yo quedamos sorprendidas de encontrar a aquel chico en un lugar así con sólo un amigo de compañía. No dudamos en invitarlos a la fiesta que nos esperaba al anochecer. Tomamos un taxi para llegar mas pronto y comenzamos a besarnos. Al llegar a la fiesta nos metimos a los baños de aquel salón. Al salir de ellos yo ya estaba borracha y enamorada.
Estuvimos un rato en aquella fiesta, después me tomó de la mano y nos salimos hacia unos departamentos que se encontraban cerca. Pensé que tenía un plan pero no, bueno sí, el plan era improvisar. Lo hicimos en las escaleras de cuatro edificios de departamentos, en una ocasión un señor se asomó posiblemente discreto ruido extraño que hacíamos. Por curiosidad nos acercamos como palomillas a un departamento en el que parecía haber una fiesta. Entramos a el saludando familiarmente al chico que nos atendió en la puerta. Había aproximadamente diez personas y un colchón en medio de la sala.

"Hagamoslo ahí" me dijo. "No. Es demasiado -contesté- mejor vayamos a la cocina". Olvidé decir que su pene medía como 18 cm y lo hacía como estrella porno. "Ahora vayamos a bailar". Que hermosa cara de excitación. "Ahora volvamos a la cocina". No se cuanto tiempo estuvimos haciéndolo sin importarnos el fácil acceso que había entre la sala y el lugar de nuestra pasión. Por fin alguien se acerco y nos dijo que nos fuéramos de ahí "Por que?" -contestamos indignados- "¡Porque no los conocemos!". Salimos aún excitados y decidimos terminar en el siguiente edificio.
Recuerdo admirar la luna mientras el me penetraba vigorosamente. Que bonita vista tenía la ciudad y que fresco se sentía el clima. "Eres una cabrona amor y que nalgas tienes me decía mientras estiraba ligeramente el cabello- muevelo.. oh sí... así... ahora ven, quiero sentir tu boca. ¿Te gusta?" "Me encanta, esta sabrosa" respondía sin necesidad de fingir placer. No recuerdo si terminó en mis piernas o en mi boca. 

Regresamos a la fiesta a encontrarnos de vuelta con nuestros amigos. Era una hermosa noche de septiembre y yo caminaba por las calles con aquel cautivador extraño. "Wey, te amo" me decía mientras me abrazaba con un brazo y con el otro se dirigía una cerveza a su boca "Yo a ti-le respondía mientras lo abrazaba con ambos brazos sin dejar de sostener mi vaso de... no se que tenía- ¿Me llamarás?" "Claro que sí preciosa, estas bien rica. Te amo". La fiesta se vio interrumpida por unos tipos que comenzaron a pelearse. No pude llevarme a mi novio John a casa aun cuando me lo pidió. Eran cerca de las 4 am y seguramente mis padres me esperaban con una buena razón para no dejarme salir por un buen tiempo. ¿Dónde habrá dormido mi novio John? ...
Ahora que lo pienso no intercambiamos números de teléfono pero probablemente lo vuelva a encontrar en aquel sucio y reconocido bar de donde lo saqué. En este momento que estoy sobria y no tan enamorada comienzo a sentir nervios... Me haré la prueba del VIH dentro de tres meses.
Mi novio John... 


El Silencio de Horacio

Texto: Carmina Narro





Hace mucho tiempo que nadie pregunta por mí. Me lo dijo Don Julián cuando regresé y no tenía por qué mentir. Preguntó por mi mujer. Le dije que estaba muy bien para no entrar en explicaciones. Me costó mucho regresar aquí, sentía no sé qué de encontrar la casa vacía. La verdad es que no la he podido olvidar. Tenía un carácter muy difícil, estaba acostumbrada a hacer lo puro que se le daba la gana, nunca tuvo freno; yo al contrario, desde que era niño fui medio timorato. Siempre he sido igual. "Tú, de veras -me decía- que ni hueles y ni apestas, Horacio". Porque me daba igual ir al cine o ir a bailar, comer tacos o hamburguesas. Y me daba lo mismo porque estaba con ella, pero eso nunca se lo dije. Yo sabía que a veces me tenía miedo. Cuando despertaba y yo estaba viéndole muy de cerca los vellitos del cachete, se asustaba mucho. Nunca he sabido expresarme. Si hubiera podido decirle cómo era su risa, ella habría entendido qué tanto me gustaba oírla, verla contenta. Nunca pude decírselo y eso que por su risa y por su cuerpo me casé con ella. "Tú no quieres a nadie -me decía- ni a tu madre la quisiste". Y yo, callado. A la gente le encanta hablar y decir mentiras.

Hace mucho tiempo que no había venido aquí. Todavía está el refresco que deje destapado, las dos tazas. Supongo que el hecho de no tener familia le hizo mucho daño. Era huérfana y por eso no sabía que estaba bien y que estaba mal. En cuanto yo ponía un pie fuera de la casa, ella se metía con cualquiera. Le tuve mucha paciencia, le aguanté muchas porque la quería. Prefería pensar que lo hacía nada más por provocarme y me aguantaba.

La última vez que la ví, estaba dormida. Sentí alivio porque todo el Viaducto de camino a la casa había estado pensando que la iba a encontrar con alguien en mi cama. Me quité los zapatos y me acerqué a gatas para olerla, oler las cobijas, para saber si había estado con alguien. Sí olía a sexo. Como siempre, se asustó conmigo cuando abrió los ojos y empezó a insultarme. Siempre ha sido muy mal hablada. Le dije que prefería que me golpeara a que me dijera tantas ofensas porque esas no se me iban a olvidar nunca.

Entré a la cocina para tranquilizarme y ella entró mucho rato después. No podía quitarme de la nariz el olor de las cobijas. Como para arreglar las cosas me preguntó si quería un café; tenía agua hirviendo en la estufa. Ni siquiera sentí lo caliente de la olla cuando le eché el agua en la cara.

He tenido mucho tiempo para pensar en mis actos. No me arrepiento. En el fondo lo hice para que ya nadie la volteará a ver, para que nadie quisiera tocarla. El doctor dice que no va a quedar bien. Me voy a tener que tragar mi orgullo y mañana la voy a buscar para pedirle que regrese. Creo que soy capaz hasta de hincarme si me lo pide. Algo me dice que si va a volver y va a tener que entender que estando quemada, yo soy el único que la puede querer todavía.